Tras semanas de empacar, siento el peso de los recuerdos en mis hombros, un peso que tendré que liberar antes de dejar esta casa, un peso que si bien no se queda con ella tampoco se va conmigo.
Intento guardar en mi memoria cada uno de estos días, me quedo mirando los rincones de mi habitación sin poder dormir, rincones que me llevan en el tiempo, espacios que se transforman. Viajo por las paredes y los muebles de mi casa, los recorro y los siento por última vez, los observo a través de los años y me sorprende lo bien que saben atesorar, nos recuerdan mejor de lo que nosotros a ellos. A través de mi ventana veo el limonero, iluminado por la luna llena, el sentimiento es devastador, no volveré a mirar por esa ventana.
Eso que ya no haré es lo que más me aterra. Las tardes con mis sobrinos, mi padre recostado en el sillón leyendo, los gritos, los portazos, los saludos, el aroma de la comida recién preparada. La amenaza de abandono convierte el fastidio en nostalgia, jamás volverán a fastidiarme las mismas cosas, mi madre dejando la televisión prendida sin mirarla, las mañanas en las que no me dejan dormir, los pasos, su respiración, los innecesarios regaños. Todo aquello que me ha hecho ser se irá.
Y seguiré siendo.
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