jueves, 6 de octubre de 2022

El zorrito de nieve

Había una vez un zorrito pequeño y peludo que todos los días contemplaba con curiosidad y admiración las altas montañas nevadas que se erguían imponentes en el firmamento. El zorrito siempre se había preguntado que habría en la cima de las montañas, lo que más llamaba su atención era el manto níveo que las cubría permanentemente y se intensificaba en las estaciones frías. Desde pequeño el zorrito disfrutaba de jugar con la nieve y ver derretirse los copos tan perfectamente geométricos que caían suavemente sobre el valle.

Un día el zorrito estaba tomando agua del arroyo cuando se encontró con un vetusto sapo que se le quedó mirando fijamente por un largo rato y finalmente le dijo:

- Zorrito, me he dado cuenta de que todos los días antes de venir al arroyo a beber agua, te quedas mirando hacia las montañas.

- Es verdad Sapo, siempre he tenido curiosidad por conocer la cima de las montañas. 

- ¿Y por qué no vas hacia ellas?

- Tengo miedo, Sapo, todo lo que conozco está aquí en el valle. Es mi hogar. 

- El hogar está donde se encuentra tu corazón, tu hogar eres tú, Zorrito, a dónde sea que vayas encontrarás un hogar para ti. 

El zorrito se quedó pensando en las palabras del sapo, sentía en su pecho un latido que se intensificaba y reverberaba en todo su cuerpo. 

A los pocos días el zorrito despertó asustado por el ruido de los otros animales del valle, estaban huyendo juntos hacia la misma dirección, al voltear hacia el lugar del que venían observó unas prominentes llamas que devoraban el valle. Un incendio que probablemente había iniciado la tarde anterior había tomado fuerza y sofocaba todo a su alrededor. 

El zorrito asustado huyó rápidamente y sin pensarlo corrió hacia las montañas. En medio del cansancio y el temor, no supo en qué momento encontró refugio en una pequeña cueva al pie de una montaña y se quedó dormido. 

Al despertar y recordar lo que había sucedido durante la noche, se sintió profundamente triste. Tomo fuerzas para subir un poco siguiendo un sendero en la montaña, buscando un lugar desde el que pudiera mirar hacia el valle. 

Al encontrar un mirador se acercó y se asomó, su tristeza se volvió tan grande que sintió un vuelco en su pecho, el valle se había quemado por completo, el hogar que había tenido durante años había dejado de existir. 

El zorrito lloró un largo rato hasta que se quedó dormido nuevamente.

Al despertar sentía un hueco en su pecho, pero luego de un instante comenzó a escuchar un leve y ligero ‘tum tum tum’, era el latido de su corazón, entonces recordó las palabras del sapo “el hogar está donde se encuentra tu corazón”, miró a su alrededor fijando su atención en el sendero que subía la montaña. 

- Quizá es momento de buscar un nuevo hogar, antes tenía miedo a dejar atrás lo conocido, pero ahora todo lo que conocí no existe más – se dijo. 

Agudizó su oído buscando el susurro del agua pues se había dado cuenta de que tenía mucha sed y comenzó a andar. Se dio cuenta de que el arroyo bajaba a la par del sendero que subía y una vez saciada la sed comenzó a transitar el camino que marcaban los latidos de su corazón. 

El zorrito disfrutó durante meses descubriendo los secretos y espacios sagrados de la montaña, subiendo lentamente, conociendo a los animales que la habitaban, su vegetación, sus sonidos, sus días cálidos y sus noches templadas.

Hasta que un día comenzó a hacer más frío del habitual, el zorrito se percató de que el tiempo había avanzado hacia la temporada fría y que, a la vez, él había subido ya un largo tramo, la vida y la vegetación habían comenzado a disminuir a esa altura de la montaña y por las noches el frío comenzaba a calar en su piel, su pelaje se había vuelto más abundante y denso, pero no era suficiente para mantener el frío a raya.

Pasaron los días y el frío se fue intensificando, a medida que subía encontraba menos animales con los que platicar y la comida se volvía cada vez más escasa. 

El zorrito se dio cuenta de que estaba enflacando y perdiendo fuerza, el frío y el hambre comenzaban a hacer estragos en su cuerpo y su vitalidad. 

Un día el zorrito caminaba tratando de recordar cuándo fue la última vez que había hablado con otro animal, también había olvidado cómo se sentía el calor en sus huesos, pues, aunque había días soleados, el paisaje estaba cubierto de nieve y el frío absorbía de inmediato el calor de los rayos del sol. 

El zorrito estaba ensimismado en sus pensamientos cuando se topó de frente con un muñeco de nieve. Parpadeó dos veces antes de comprender lo que estaba mirando y se quedó observando al muñeco de arriba abajo sin moverse. 

- Zorrito, ¿qué es lo que estás haciendo aquí?

- Siempre quise conocer la cima de las montañas y he caminado durante mucho tiempo para llegar hasta aquí, siento que me falta poco para llegar hasta la parte más alta.

- Pero Zorrito, no puedes llegar a la cima de la montaña, hace demasiado frío ahí, tu cuerpo no lo aguantaría.

- Sé que puedo hacerlo, sé que puedo convertir a la cima de la montaña en mi hogar.

- Zorrito, lamento decepcionarte, pero no podrías, tu cuerpo moriría antes de llegar a la cima.

El zorrito se dio cuenta de que las palabras del muñeco de nieve eran verdad, ya podía sentir el agotamiento por la falta de comida y el agarrotamiento de su cuerpo por el frío. Comenzó a llorar sintiendo que todo el camino que había avanzado había sido en vano y volvió a sentir nostalgia por el valle y todo lo que ahí conoció. 

- Pensé que podría encontrar un nuevo hogar en la cima de la montaña, desde que era pequeño he amado a la nieve y su nívea blancura, cada día contemplé las montañas preguntándome cómo sería estar en su parte más alta. 

El zorrito siguió llorando, sintiéndose cada vez más desconsolado. 

- Hay algo que podemos hacer para que llegues a la cima de la montaña, pero... no, olvídalo, es una opción muy extrema.

- Dime que es, Muñeco de Nieve, he avanzado tanto en este camino que no me imagino cómo podría volver. 

- La única forma en la que puedas seguir avanzado es que te conviertas en un Zorrito de Nieve.

- ¿Un zorrito de nieve? ¿Estás hablando en serio?

- Sí, puedes ser de nieve cómo yo.

- ¡Sí! Quiero ser un zorrito de nieve, nunca pensé que podría ser de nieve, con lo mucho que me gusta ¡Wow! ¿Tú puedes ayudarme a ser un zorrito de nieve?

- Puedo hacerlo zorrito, sin embargo, hay algo que tienes que saber antes. Si te conviertes en un zorrito de nieve, podrás llegar a la cima de la montaña, y será tu hogar durante un tiempo, pero cuando la temporada fría pase, mucha de la nieve se derretirá, incluso en la cima de la montaña, y tú te derretirás también. Dejarás de existir y te convertirás en el agua que es parte de la montaña. 

- No me importa, Muñeco de Nieve, siento que tengo que vivir lo que mi corazón siempre ha deseado, quiero ser un zorrito de nieve para lograrlo. 

El muñeco de nieve utilizó su magia nívea para convertir al zorrito en un zorrito de nieve.

El zorrito saltaba de felicidad, ya no sentía frío ni hambre, sólo sentía en su corazón un pulso que latía junto con la montaña, se sentía distinto, pero ante todo se sentía profundamente feliz.

- Gracias Muñeco de Nieve, gracias por aparecer en mi camino y ayudarme a seguir los deseos de mi corazón. 

- Me alegra haberte ayudado, Zorrito de Nieve, ahora eres parte del corazón de la montaña. Sigue tu camino y recuerda que dentro de un tiempo te transformarás en una parte más de la montaña, yo también lo haré. 

El zorrito de nieve continúo andando, subía lleno de vitalidad y fuerza. 

Disfrutaba tanto de estar rodeado de nieve, saltaba en ella jugando y revolcándose alegremente. 

Un día llegó a la cima, no podía creer el hermoso firmamento que contemplaban sus ojos, desde ahí podía sentir las nubes acariciándolo y podía mirar un horizonte casi infinito. Pasó los días contemplando amaneceres y atardeceres como nunca los había imaginado, llenándose de los colores y tonalidades que sólo la luz y el frío podían formar al encontrarse. Por las noches contemplaba la luna, tan cercana y tan radiante. Sentía que su corazón latía con la plenitud de la existencia, había encontrado un nuevo hogar, el sapo tenía razón, ahí donde su corazón estuviera estaba su hogar. Y su corazón latía con fuerza, de su pecho emanaba un pulso unificado al latido de la montaña. 

Un día el zorrito se dio cuenta de que la nieve a su alrededor comenzaba a derretirse, lenta pero inaplazablemente. Sabía que esto pasaría así que no le preocupo, decidió que lo mejor que podía hacer era sentirse agradecido por la oportunidad que el muñeco de nieve le había dado, se sentía tan feliz de haber encontrado en la montaña un hogar, se dio cuenta de que la montaña le había dado un hogar no sólo en su cima, si no a cada pasó que recorrió subiéndola, en cada gota de agua, en cada porción de alimento, en cada animal con el que charló, ahí había estado su hogar. 

Pronto el derretimiento fue inminente. El zorrito sintió como comenzaba a perder fuerza y estabilidad, entonces caminó hacia su lugar favorito en la cima de la montaña y contempló por última vez la increíble vista, se quedó mirando, sintiendo como su cuerpo se derretía, la nieve que lo conformaba se transformaba suavemente en un agua fresca y pura. 

Sintió como el agua en que se estaba convirtiendo era abrazada y bienvenida por la roca y por la tierra, atravesándola, filtrándose en ella, llegando a las entrañas de la montaña. 

El zorrito de nieve tuvo noción de ser un manantial, aún podía percibir sus moléculas fluyendo junto a millones de moléculas más que estaban brotando desde las entrañas de la montaña formando ríos y cascadas que alimentaban la vida. La esencia del zorrito pudo percibir su cualidad de nutrición y humectación, percibió como la vida recibía al agua con alegría y agradecimiento. 

Antes de fundirse completamente con la esencia del agua, el zorrito reconoció el valle que durante tanto tiempo fue su hogar, sintió como las moléculas de agua que habían recorrido un largo camino desde la cima de la montaña llegaban al suelo del valle, hidratando la tierra cubierta por cenizas, encontrándose con las semillas que habían permanecido resguardadas en las capas profundas de suelo, las semillas se humectaban con el agua y se permitían abrir la coraza que las protegía, dejando salir el potencial de la vida. 

Un instante antes de fundir su esencia con la vida, el zorrito pudo sentir al valle renaciendo, alimentado por el agua fresca que bajaba de la montaña, se inundó con ese renacimiento y llegó a él el destello de la certeza: el hogar está donde tu corazón se encuentra. 

Y sintió el latido, pero ya no era el latido de su corazón o el de la montaña, era el latido de la vida.

Y el zorrito siguió siendo vida.

Tum, tum, tum. 


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